No hay persona más determinante en la vida de una persona que una madre —una amatxu, una amatxo—, y más si ella era buena, y leía. M. y E. me hablaron de la difunta con tanta delicadeza, llorándola, que llegamos a las salinas, la ermita y a aquella curva. Yo fui dos días al eje Bilbao-Vitoria siendo testigo, para recordar también a mía mare. Ahora ellos, la memoria, el candil.